domingo, 22 de mayo de 2011

Errante y perplejo


Inclina tu oído y escucha las palabras del sabio y aplica tu corazón para entenderlas (Pr 22, 17).

Con su permiso, hoy les voy a dar nuevamente una vuelta por un lugar muy especial y bello de Granada. El motivo de hacerlo es sencillo: siempre he pensado que para cristalizar el conocimiento adquirido, para aprehenderlo como Dios manda, uno necesita ubicar y desarrollar tal conocimiento en alguna parte. Me explico. Yo necesito tener un espacio adecuado para leer y pensar, y además necesito hacerlo en absoluta soledad y silencio (dos elementos importantísimos cuando lo que se pretende es escuchar esa vocecilla interior que nos guía y enseña); y por ende, es esencial para mí encontrar tal espacio en la ciudad que habito en cada momento. En Salamanca tenía mis espacios particulares (lugares que echo de menos desesperadamente, por cierto), y en Granada, se me ha hecho muchísimo más difícil encontrarlos. En fin, no sé por qué será (o sí lo sé y me lo callo), pero es evidente que las bibliotecas, espacios universitarios y de retiro "espiritual", etcétera, son más escasos y preciosos en esta ciudad andaluza. No obstante, todo es rascar, y por derecho propio uno de los cármenes más conocidos de la ciudad se ha convertido para mí en ese lugar de reflexión y soledad que necesito. ¿Su nombre y emplazamiento? Seguro que los granadinos ya lo han acertado (y algunos foráneos). No obstante, y si a ustedes no les importa, antes de introducir nombres y direcciones, voy a describir un poco (los nombres no dicen nada, ¿no creen?).

Hoy mismo he estado en ese maravilloso espacio, donde se unen un palacete de inspiración romántica y modelo neoclásico y alhambreño (a mí al menos me lo parece), una vista bellísima y privilegiada de la ciudad, una cercanía envidiable a la Alhambra, arboledas y fuentes exhuberantes y esculturas melancólicas y dolientes, pavos reales enseñoreándose mientras muestran desvergonzados su exótica hermosura, gatos esquivos y pilluelos, ánades chapoteando despreocupadamente, flores en plena ebullición erótica, y restos de antiguos huertos trabajados por egregias y poéticas manos; porque en este espacio maravilloso moró nada menos que San Juan de la Cruz, ligando esta ciudad nazarí con mi pasado salmantino. Ambos espacios: universidad y monasterio, se unen para fundir por un solo instante la vida de esta preclara y hermosa pluma castellana con mi propia biografía... En fin, sé que mi estilo es cursi y decimonónico, pero esta es la definición más exacta que he podido hacer del enclave conocido como Carmen de los Mártires, un espacio de ensueño donde la naturaleza y la visión romántica de la vida se dan la mano, dejando perplejo al visitante ante su belleza sin par.

Como una imagen vale más que mil palabras, he aquí algunas instantáneas que saqué hoy mismo:



Una hermosa fuente circundada por solemnes estatuas...


Un palacete "romántico", el recinto ideal para los pavos reales y para las bodas...



Un patio interior de clara inspiración alhambreña...



Un pavo real andando tan tranquilo por su insigne hogar...

Y hablando de perplejidad, para mi visita de hoy al Carmen de los Mártires, escogí dos lecturas que me parecieron de lo más apropiadas. La primera de esas lecturas fue la Guía de Perplejos (-1190) de Rabbí Mošé ben Maimón, más conocido por el nombre helenizado de Maimónides. Dicha "guía" no es sino un sofisticado constructo metafísico que aúna filosofía y exégesis escrituraria, basándose en la obra del "Príncipe de los Filósofos", es decir, en Aristóteles, y considerado por otros autores medievales como Santo Tomás o Dante Alighieri, como el filósofo por antonomasia. Por cierto, la edición que manejo es la de David Gonzalo Maeso, publicada por primera vez en 1983 y reeditada por Trotta. Como nota al margen, el Dr. Gonzalo Maeso (1902-1990) fue catedrático de Filología Hebrea de la Universidad de Granada hasta su fallecimiento. Este libro, que había adquirido hacía casi un año, dormía el sueño de los justos en mi estantería y no pude sino rescatarlo y comenzar a devorarlo con avidez. ¿La razón? Pues es bien sencilla; en realidad, no creo que haya tantos libros de filosofía verdaderamente imprescindibles en esta vida, y entre ellos podemos incluir la obra platónica (y en particular, la República), y la aristotélica (y en particular, como todo el mundo sabe, la Metafísica). Es decir, que si todo desapareciera en un colapso sísmico-nuclear, creo que cabalmente podríamos deducir y reconstruir buena parte del basamento intelectual de Occidente (es decir, lo que somos) en estas dos obras. No obstante, la vida siguió su curso, y no se detuvo en los filósofos antiguos, por lo que a estos dos colosos griegos habría que unir también la obra de este erudito judío de origen sefardí (nacido en Córdoba, concretamente, en el año 1135). Y es en esta supuesta decadencia en el interior de una decadencia mayor (vivimos la desmembración del Califato, la retirada almorávide, y la entrada en escena de los temibles almohades), donde se fragua la obra de Maimónides, titánica tanto por su forma como por su contenido. Sobre el resto de obras filosóficas "imprescindibles", hablaré otro día.
Pues bien, esta nuestra Guía, estaba destinada más a los versados en filosofía y exégesis "bíblica" que a los ignorantes en tales materias. Es decir, que dicha obra trataba de aclarar conceptos y perfilar la correcta utilización de términos previamente aprendidos, con el fin de que los estudiosos no se perdieran en equívocos debido a lecturas excesivamente literales y en definitiva erróneas, de la Torá (i.e. interpretaciones no polisémicas o polivalentes, y teniendo en cuenta que el pensamiento religioso se vale invariablemente de la metáfora para construir su sentido). Alguien se preguntará, no obstante, que qué importancia tiene el pensamiento de Maimónides para un estudioso del hermetismo. Y la respuesta la podremos hallar, por ejemplo, echando un vistazo al estupendo artículo de Moshe Idel (probablemente el máximo especialista en la materia): "Hermeticism and Kabbalah", enHermetism from Late Antiquity to Humanism, Turnhout (Belgium): Brepols, 2003, pp. 385-428. En dicho artículo, Idel deja clara la separación entre los partidarios de una teología y una mística heterodoxas (casi invariablemente de inspiración neoplatónico-hermética), y aquella representada por nuestro erudito cordobés, que defendía un tipo de interpretación más "racional", sesuda, equilibrada y en definitiva, aristotélica, de las Escrituras. No obstante, ambas posiciones se intercambiarán y confudirán continuamente, y conviene que analicemos por tal razón el pensamiento de cada autor en particular; de hecho, algunos cabalistas posteriores llegarían a apoyar sus argumentos en nuestro peripatético sabio, como demuestra una epístola atribuida a Maimónides en la que se relata un proceso revelatorio de carácter onírico-astral (MS London, British Library, Or. 19788, ff. 4v-5r; Moshe Idel, op. cit., pp. 391-393).

Más aún, el "Águila de la Sinagoga" (como así fue llamado nuestro Maimónides), deja a las claras su desprecio por nuestro hermetismo en una carta enviada a Šemuel ibn Tibbón (quien tradujo al hebreo su Guía), y que dice así (cfr. Moshe Idel, op. cit., p. 389):
"Los libros de Empédocles, los libros de Pitágoras, los libros de Hermes y los libros de Porfirio, representan todos ellos una filosofía antigua sobre la que no merece la pena gastar el tiempo".
Como se ve, poco debe importar al estudioso que una filosofía sea contraria a su objeto de análisis, porque la Historia actúa como una charca turbia y ondulante, en la que lo que antes era negro ahora es blanco y viceversa. En una palabra: hay que estudiarlo todo dentro de nuestras posibilidades, no desdeñando las obras clásicas de cada periodo y volviendo una y otra vez a los conocimientos básicos, y deteniéndonos continuamente en el estudio de las lenguas antiguas. De ahí la inutilidad de ciertas visiones académicas y extra-académicas, que desprecian la labor de edición crítica y la necesaria multidisciplinariedad, a favor de una especialización recalcitrante y estéril.

La segunda de las lecturas añade el carácter errabundo propio del escritor, filósofo y vividor romántico. En efecto, estuve leyendo también Le Génie du Christianisme (1802), de François-René, vicomte de Chateaubriand, una lectura muy adecuada y amena para el lugar en cuestión, donde la mística poética del cristianismo se entrelaza con la belleza y el erotismo mundanos (yo tengo en casa la edición de El buey mudo, Madrid, 2010). Y sí, lo cierto es que resulta fácil considerarse a sí mismo cristiano cuando a uno le da el sol estival, escucha el inquietante titar de los pavos reales y siente la brisa perfumada de las flores, y mientras placas y bustos nos recuerdan el paso de excelsos místicos y escritores. Y es en esa región solitaria en la que nos movemos algunos errantes perplejos, aferrados a la naturaleza y al estudio en la era de la tecnología y la imagen, maravillados por la heterodoxia pasada en el culmen de la ortodoxia posmoderna (otra forma de demoninar a la cutrez y la frivolidad modernas). Melancólicos y henchidos de esperanzas caminan y caminaron los Zorrilla, los San Juan de la Cruz y los Chateaubriand; por entre los hermosos cármenes recortados contra la Alcazaba y la Sierra Nevada. En fin, como ya dijera un princeps filósofo, toda vida es una guerra y un exilio, y qué razón tenía, el insigne varón.


Un busto en homenaje a San Juan de la Cruz, situado en el antiguo huerto del monasterio...

Por otra parte, sigo animando a los lectores a que visiten no sólo este magnífico lugar, sino también la Alhambra (justo al lado, como saben), porque además ahora cuentan con un título único en su género para preparar la visita: Leer la AlhambraGuía visual del monumento a través de sus inscripciones, publicado por el Patronato de la Alhambra y el Generalife y Edilux S.L., a finales del pasado año 2010. Dicho título resulta imprescindible si uno desea conocer la Alhambra más a fondo, y su autor, como no podía ser de otra manera, es José Miguel Puerta Vílchez, al que estimo como persona y como investigador, y del que continuamente estoy aprendiendo cosas nuevas. Mi última visita guiada por la Alhambra fue bajo su "tutela", y les aseguro que fue una de las cosas intelectualmente más enriquecedoras que he tenido la oportunidad de vivir en los últimos tiempos. Y si se preguntan el porqué de hacerse con tal título, tengan en cuenta que la Alhambra es, como bien deja claro Puerta Vílchez, una "arquitectura de palabras", cuyos palacios hablan por sí mismos sin necesidad de fuentes y manuscritos, y por lo tanto, tener la facultad de leer los bellos mensajes alhambreños nos asegura el pleno aprovechamiento de nuestra visita al monumento, además de apreciar de mejor manera su calidad estética, indefectiblemente unida al sentido del palacio islámico.

Finalmente, tengo que decir que la revista va bien, y ya tengo proyectado el primer número, que versará sobre el concepto degnôsis. Espero que al menos dos investigadores más se unan a este primer número dotado de todas las garantías académicas oportunas, y en fin, en los próximos meses iré subiendo más cositas a esta flamante Studia Hermetica Journal. Paciencia. Ah, y no querría dejar de agradecer a Eulàlia Tort, la responsable comercial de Herder Editorial, su amable apoyo y dedicación con el proyecto. En fin, termine cuajando o no, es de agradecer que todavía hoy existan personas amables y con cierta visión para las cosas. Muchas gracias.

He pensado muy mucho si escribir esto que sigue o no, pero lo voy a hacer porque no sólo de criticar vive el hombre. A veces hay que arrimar el hombro y gritar al unísono con el semejante, por muy abyecto que éste te parezca. Y algo así me ocurre con este tema de las sentadas, acampadas y manifestaciones de la llamada Democracia Real y toda esta historia del 15-M. En fin, ignoro si esto degenerará en partido político o si terminará siendo copado por cuatro intelectualoides ávidos de chupar cámara, etc., pero de momento comulgo con muchos de sus principios. Nuestra sociedad es lo suficientemente culta y madura (o por lo menos tiene los recursos para serlo), como para permanecer en manos de una piara de imbéciles, analfabetos y caraduras, que sólo miran por sí mismos. De haber un nuevo sistema político para el siglo XXI, éste debería encauzarse por una progresiva democratización, y sobre todo a través de la sofisticación de los gobernantes y de los gobernados. La gente trabaja, estudia, piensa y ya cuenta con los apoyos y el conocimiento suficientes como para no tragarse cualquier chorrada y entrar por el aro, como perros amaestrados. No quiero que esto parezca una soflama política (porque no lo es), pero ya va siendo hora de que la sociedad se decida a despertar a algunos sonámbulos y solipsistas que llevan reinando demasiado tiempo. La inteligencia, la cultura y el talento deberían copar todos los rincones de la Administración Pública y de las empresas privadas, y no esos gremios repletos de paniaguados que son los partidos políticos y sus bombo-platillos mediáticos. Por eso, veo genial que los ciudadanos (es decir, no los "estudiantes", o los "perroflautas", o los "intra-sexuales", o las "víctimas de no sé qué", etc.) griten ¡basta! al unísono, y seguidamente nos pongamos a trabajar y pensar en cómo podemos resolver esto, con o sin políticos, sindicalistas, banqueros o periodistas.